Hacia el 1100 a.C., según relata Estrabón, los fenicios introducen las primeras vides en esta zona del sur de la península ibérica. Poco después, en torno al 1000 a.C., se asientan en el territorio y fundan Gadir, la actual Cádiz. Con ellos llega el cultivo de la vid y la expansión de sus vinos por todo el Mediterráneo, dando origen a los llamados “vinos viajeros”, marcando para siempre la identidad de los vinos de la zona.
Para los fenicios, la desembocadura del Guadalquivir era un lugar sagrado. En este entorno levantaron un templo dedicado a Astarté, diosa del amor y la fecundidad.
Con la llegada de los romanos, el vinum ceretensis alcanzó una gran popularidad en todo el Imperio. Las ánforas del vino de la zona ya incluían entonces un sello de origen, prueba de su reconocimiento y prestigio.
Según los historiadores, Ceret no fue una ciudad concreta, sino una extensa comarca agrícola y vinatera, equivalente en gran parte al actual Marco de Jerez.
La desembocadura del antiguo río Baetis conservó su carácter sagrado. Allí se situaba el Luciferi Fanum o Templo del Lucero, dedicado a Venus, diosa asociada a la fertilidad, la naturaleza y la navegación.
Con la llegada de los árabes, Sanlúcar pasa a integrarse en la cora de Sidonia, y el cultivo de la vid, como en el resto del territorio musulmán, se destina principalmente a la elaboración de pasas y a la destilación con fines medicinales y de perfumería.
La introducción de la destilación con su sistema de alquitaras y alambiques, supuso una aportación clave para el desarrollo posterior de la técnica de fortificación, esencial en la identidad de la Manzanilla y de los Vinos de Jerez.
Tras la toma cristiana, Sanlúcar pasa a formar parte del Reino de Sevilla y se consolida como un señorío próspero, impulsado por la actividad de su puerto y la apertura de rutas comerciales con Bretaña y Flandes.
Los vinos de la zona comienzan entonces a circular de forma estable por las rutas del norte de Europa y del Mediterráneo. La necesidad de garantizar su conservación durante las largas travesías marítimas favoreció el desarrollo de la fortificación, una práctica que se convertiría en uno de los rasgos esenciales de los vinos generosos.
Tras el descubrimiento de América, Sanlúcar se consolida como puerto estratégico de primer orden. Desde aquí parten Cristóbal Colón en su tercer viaje y Magallanes en la expedición de la Primera Vuelta al Mundo, iniciándose el mayor periodo de esplendor económico de la ciudad.
Sanlúcar se convierte en un punto clave para la exportación, el comercio y la colonización del continente americano. Su puerto actúa como antesala del de Sevilla, asumiendo un destacado valor estratégico y comercial.
En este contexto, el vino de la zona desempeña un papel esencial, no tanto como mercancía, sino como alimento básico de las tripulaciones durante las largas travesías oceánicas.
Durante los siglos XVI y XVII, la creciente demanda impulsa importantes inversiones extranjeras, especialmente procedentes de las Islas Británicas, marcando el inicio de una etapa de expansión y proyección internacional.
Durante la Edad Contemporánea, los vinos de la zona experimentan profundas transformaciones derivadas de la incorporación de nuevas técnicas agrarias, variedades de uva y métodos de elaboración. Los cambios en el mercado y en la industria a finales del siglo XVIII impulsan una evolución decisiva que terminará por definir su identidad actual.
Entre estos avances destaca la implantación del sistema de criaderas y solera, surgido de la necesidad de ofrecer una calidad constante y reconocible. En este mismo periodo aparece la primera mención escrita a la Manzanilla como nombre de un vino, recogida en un Acta Capitular del Cabildo de Cádiz.
A comienzos del siglo XIX, la Manzanilla ya se elabora en Sanlúcar de Barrameda tal y como la conocemos hoy, como así documenta Esteban Boutelou en su obra Memoria sobre el cultivo de la vid en Sanlúcar de Barrameda y Jerez de la Frontera. Comienzan también las primeras exportaciones bajo el nombre de Manzanilla, entre ellas la realizada por Bodegas Barbadillo con destino a Filadelfia.
Se inicia entonces una etapa de gran esplendor, marcada por la construcción de imponentes bodegas, que se verá abruptamente interrumpida por la filoxera, plaga que arrasó viñedos centenarios y provocó la desaparición de numerosas variedades de uva.
En 1935, con la Ley del Vino, la Manzanilla se integra en la Denominación de Origen Jerez-Xérès-Sherry. No será hasta 1964 cuando se publique el primer Reglamento de la Denominación de Origen Manzanilla-Sanlúcar de Barrameda, reconociendo oficialmente su singularidad.
ELABORACIÓN
LA MANZANILLA
GASTRONOMÍA
LAS BODEGAS
VISITAS Y TIENDAS DE VINO